Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sústalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfia.
Modificación
Apenas él le acariciaba el cuello, a ella se le exaltaba el corazón y caían en tentación, en salvajes pensamientos en indomables pasiones. Cada vez que él procuraba contemplar las suavidades, se enredaba en un palacio quejumbroso y tenía que aprisionarse de cara al abismo, sintiendo como poco a poco las caricias se estremecían, se iban acogiendo, fortaleciendo, hasta quedar tendido como el cielo de fuego al que se le han dejado caer unas almas de desenfreno. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se ruborizaba los labios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus desvelos. Apenas se reflejaban, algo como un cosquilleo los encontraba, los despertaba y estremecía, de pronto era el abrazo, la timidez desatada de las pasiones, la extremada locura del momento, los colmados del deseo en una anhelante cordura. ¡Silencio! ¡Silencio! Condenados en la cresta del desenfreno, se sentían deleitar, profundos y embriagados. Temblaba el amanecer, se vencían las soledades, y todo se pintaba en un profundo placer, en palabras de escondidas noches, en contrincantes casi crueles que los desbocaban hasta el límite de las entrañas.
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